Vulcano | Islas Eolias

Tiempo hacía que me rondaba la idea de embarcarme a las islas del dios del viento, Eolo —quien regalara un odre repleto de vientos favorables a Ulises—, a ver si de mi paso por dichas tierras se me enamoraba un viento y mi devenir se volvía más promisorio. Esta idea personal y característica mía de embarcarme a algún fin del mundo y extraer de dicha vivencia música. Esta vez, pretendo componer una pieza que conste de siete movimientos, uno dedicado a cada isla y compuesto en cada uno de los siete modos musicales, pues las Eolias pertenecen a un archipiélago volcánico formado por siete islitas situadas al nordeste de Sicilia, en el bello mar Tirreno. Siendo así, marché a hacer trabajo de campo: luego regresaría a casa y me pondría a trabajar, como el personaje de Josipovici inspirado en Scelsi.

Un par de días antes de la marcha, durante uno de nuestros desayunos, le pregunté a mademoiselle Garre —alma bella y afín que inunda la mía de comprensión y consuelo, cómplice y confidente de tanto y mujer de armas tomar junto a quien emprendí dicha aventura—, si no le preocupaba no saber aún la ruta, ni dónde dormiríamos. Nuestras miradas se cruzaron y, como por telepatía para nada de extrañar por la obviedad de la situación, nos asentimos que teníamos aún unos cuantos cabos sueltos que la intensidad de la vida y las últimas semanas no habían permitido cerrar.
—No me preocupa lo más mínimo. —Y, como si fuera aval de alguna cosa, añadió: voy contigo.
Nuestro amigo más organizado, también presente en la improvisada reunión, no daba crédito:
—Pero… ¿No tenéis nada? ¡Si os vais el viernes!
—Tenemos los vuelos. —Replicó Magda.
Yo sonreí, observando la escena, aquella era la actitud:
—Vayámonos con lo puesto, ¡vamos a vivir!
Por suerte, llegó con retraso pero justo a tiempo el cobro de un bolo que nos subvencionaría el viaje. Todo llega, tarde o temprano, aunque las buenas cosas tardan un poco más. No podíamos vivir del aire, como Enric González en sus inicios de mudarse a Londres, aunque hubiera sido bonito.

Si os cuento mi idea antagónica, consistía en trasladarnos desde el aeropuerto de Catania directamente a las islas en helicóptero, una vez aterrizásemos en Sicilia, pero al final la aventura tomó otro devenir: nos anduvimos a Palermo para disfrutar de su noche y sus callejuelas bañadas por el sol a la mañana siguiente. Revisando la guía y leyendo al respecto, mis ojos se volvían en blanco deshaciéndose mi alma al imaginar que contemplaríamos volcanes aún en activo, saboreando vino malvasía y disfrutando de la naturaleza más indómita y nostálgica de las islas. Magda no podía más que contemplarme y reír. Así transcurrió el primer día de viaje, entre desayunos a cuerpo de reina y un trayecto en priority seat —tengo muchos ases en la mangaal arrullo de un cálido sol mientras sobrevolábamos el Mediterráneo con una de nuestras conversaciones, cabezadas e inspiraciones varias que devoraban hojas de cuaderno.

RUMBO A LAS ISLAS

Me invadió una emoción trascendental cuando aparecieron ante mi colocadas sobre el mar Tirreno cinco de las siete islas Eolias. Las observé desde la ventanilla del tren que nos llevaba recorriendo toda la costa norte de Sicilia desde Palermo; ventana desde la que observé multitud de colores, luces, paisajes y escenas. Un padre enseñando a montar en bicicleta a un hijo, un matrimonio de ancianos agricultores paseando entre sus naranjos, una gaviota refugiándose al amparo del sol de la tarde sobre una roca. Aunque me gustan mis días, suelen debatirse en mi las ideas opuestas a la complejidad de las aspiraciones que presencio: una vida sencilla y amable; y pareciera como si fuera imposible que ambas convivieran conmigo en el mismo rincón físico de mundo. Intento recordarme amenudo que existen infinidad de vidas y posibilidades y, a veces, me dan impulsos de marcharme a algún lugar concreto o de quedarme. Ya me había imaginado, aquella mañana mientras paseaba por el mercado histórico de la capital y contemplaba a un hombre limpiando pescado en su parada, quedándome un tiempo a vivir en la ciudad. La vida que llevaría, los cafés que regentaría. El día anterior mismo, al cruzar la isla en autobús bajo el sol de la tarde y su característica luz ténue, escuchando un par de discos —Brookmeyer y Clark Terry—, me había invadido por vez primera la calma desde haría un par o tres de semanas —y casi diría yo desde que visité otra tierra hermosa, en el centro de la península ibérica—, y se me había presentado necesaria la idea de mudarme hacia la estación de buen tiempo a una casita frente al mar, en la que escribir mi música alejada del mundo, respirando mi propio compás y sin agobios de nadie.

Al llegar a Milazzo nos embarcamos a Lipari, la isla central, donde haríamos noche; para sucumbir cuanto antes al síndrome de Stendhal. Un hombre nos acercó al puerto desde la estación de tren y Magda temió que nos raptara, pero no me lo confesó hasta que bajamos del coche. Yo estaba sumida en mis pensamientos, cansancio y paisaje; además, ya nada me sorprende en cuanto a términos de transporte se refiere tras aquella vez en plena ciudad de Zadar, Croacia, en la que intentaba cruzar un río sin puentes a la vista, abrí ‘google maps’ y, como quien anuncia un tren o un autobús, aparecía como medio de transporte ‘the man in the boat’ y, en efecto, era un hombrecillo con una barca que, a cambio de una moneda, te llevaba remando a la otra orilla.
A punto de levar anclas, estratégicamente situada frente al puerto vimos una farmacia, y bromeamos:
—Per favore, qualcosa per mal di (a)mare!

LA ISLA DEL DIOS DEL FUEGO

Dejo a Magda recobrando fuerzas en una playa paradisíaca de arena negra y aguas cristalinas y me ando al pueblo en busca de una moto. Al pasar frente al único bar abierto de Porto di Levante pregunto a las gentes si saben de quien alquile y, rápidamente, van en busca de Luigi.
—Buon giorno, io voglio una scooter.
Mi nivel de decisión en este momento de indeterminación sobre el devenir del día supera el de mi dominio del idioma y, aunque el tipo no se fía de que, tal y como le aseguro, sepa conducir, me la alquila no sin antes regatear. Minutos después aparezco en la playa desierta montada en una moto y Magda se echa a reír del surrealismo de la situación, incrédula.
—¡Vámonos! ¡Suba usted!

La mañana había transcurrido alargando un placentero desayuno frente al mar y observando las blancas chimeneas de humo elevándose desde las entrañas de la isla del Dios del Fuego. Habíamos ascendido después al cráter del volcán, la fragua donde Vulcano forjó los rayos de Zeus y el tridente de Poseidón. Las altas columnas de humo nos aguardaban en vivo e imponentes al alcanzar la cima. Me desnudé, pero esa ya es otra historia. También me quemé, pese a ser invierno, la cara con el sol de febrero. Al descender, recobramos cuerpo y alma en el restaurante de Maurizio, un entrañable señor que nos cuidó a base de bien cocinándonos a la carta y casi exclusivamente. Para mi, las personas que me valen la pena son quienes consiguen hacerte sentir en casa con su esencia.

Tras comer, andarnos a la islita de Vulcanello, regresar y encontrar dicha playa, iniciamos la marcha en moto hacia la otra punta de la isla: Gelso, un paraje precioso según Luigi. Ruta sin pérdida, una carretera recta, sólo le faltó decir que hasta yo podía llegar, sin saber conducir. Nos congelamos a medida que avanzamos por las curvas que ascendían a la montaña; y a cuanta más velocidad, peor. Llegó un momento en que empecé a temer por los dedos de mis manos, pues no los sentía. Tras remontar la montaña llegó la bajada, y más curvas. Una carretera repleta de vegetación, pareciera que nadie se andaba por esos lares desde hacía varios veranos. En llegar al mar de nuevo, encontramos una especie de puerto súbito y desolado, un paraje algo extraño y con cierta magia. Más allá de las aguas contemplamos la isla de Sicilia bajo un cielo espectacular y el sol a punto de desaparecer al oeste del Etna. Abrimos ‘google maps’ y descubrimos que nos habíamos ido directamente al fin del mundo, ni rastro de Gelso. A veces es mucho mejor así.

EL RETORNO

Despertar en las islas Eolias, dove il vento sona, y emprender el regreso al amanecer. Me gusta observar la cotidianidad de lo, para mí, exótico: los habitantes de las islas toman los barcos como si fueran autobuses para ir a trabajar a Sicilia o a las diferentes islas. Viajar de sol a sol es bonito como concepto, tras tomar barco, autobús y avión estaba entrando en Barcelona al atardecer. Es un momento extraño, pero inevitable y necesario. Disfruto mi soledad, pero la vida es para compartirla. Anhelo llegar a casa, si es que llego a tenerla alguna vez. Quisiera regresar a las Eolias, anhelan en mi paisajes pendientes que quiero sentir y pintar, y debo explorar el resto de islas antes de culminar esta obra que empieza a nacer. Contrariamente, no hay nada que me guste más que despertarme tranquilamente tras un día de viaje, deleitar un desayuno y perderme en mi mundo de quehaceres y creación. Todo es cuestión de equilibrio. Esta etapa me pertenece.

Me queda un agradable recuerdo efímero, regresando de nuestro fin de mundo particular y profundo, recorriendo a toda velocidad las curvas de la montaña, riendo y Magda diciendo: “si alguien pregunta, estuvimos en Gelso…”