Memoria de unos ojos entrando en vereda

Siempre fue una criatura de excelencia en el colegio. Disfrutaba especialmente con maestros que hacían la vista gorda cada vez que, ya habiendo terminado la tarea asignada, ella sacaba su indispensable cuaderno y se sumergía en sus ideas hasta que el resto de compañeros terminaba el ejercicio propuesto y se asignaba el próximo. Le molestaba sobremanera cuando algún maestro importunaba su manera de hacer, como aquella vez a los seis años cuando una profesora le llamó la atención al ella tomar apuntes de la lección. ¿Por qué no podía únicamente escuchar como el resto de alumnos? Le fascinaba tanto la transformación de los renacuajos en ranas que le era imprescindible anotar toda la explicación y documentarla. La profesora no parecía entenderlo, así que fue a sentarse discretamente a la última fila para dibujarlo todo sin ser vista bajo el pupitre. También le importunaba cuando algún maestro insistía en incluir su labor creada al ya haber finalizado la tarea escolar en la carpeta de clase para incluirla a final de curso en el álbum: era su trabajo personal y deseaba llevárselo a casa para continuarlo allí. Ella insistía, pero el maestro nunca cambiaba de idea. Jamás lió un escándalo, no eran formas. Ponía los ojos en blanco e inventaba una solución más creativa para rebelarse. El creador siempre se rebela.

El agosto de sus cinco años, recién mudados a aquel pueblito de mar, había empezado a anotar los números que conocía en un cuaderno, todos en orden descubriendo que tras el nueve empezaban a combinarse el uno con el cero, el uno con el uno, y así sucesivamente. Varias tardes se entretuvo con aquello, a ratitos. Fue emocionante cuando descubrió las tres cifras, pero le abatió la certeza de que continuar con aquella empresa no tenía sentido alguno al alcanzar el mil ciento cuarenta y ocho y descubrir que la numeración era infinita. Procesos.
Siempre fue una criatura de excelencia en el colegio durante las mañanas, y se le diluían las tardes entre obligaciones de deberes infinitos que le restaban tiempo a sus intereses, clases de música y, aunque escasos, ratos conectada en vena a la televisión, fundiéndose en la desmotivación más absoluta en forma de dibujos animados. Hubiera dejado la música si no hubiera sido porque entró en la orquesta y todo cobró sentido.

En el instituto era una alumna ejemplar que, curiosamente, se llevaba bien con los que la liaban más. Una vez, le puntuaron erróneamente matrícula en un examen y, una compañera envidiosa, saltó al profesor instándole que se había equivocado: la puntuación sumaba 9,7. Otra compañera, de armas tomar como ninguna, volcó la mesa creando un escándalo: «Cállate hija de puta, ¿pero qué más te da?». Aún lo recuerda, atónita. Fue espectacular. Y a su lado, sentado mirándola por el rabillo del ojo mientras contemplaba la escena, las dos compañeras discutían y el profesor le quitaba la matrícula, otro compañero —quien tras levantarse cada mañana y mirar el mar por la ventana, decidía si iba al instituto o a hacer surf en función de si había o no olas—, le susurró cariñosamente:
—No llores.
—¿Por qué iba a llorar? —Reaccionó ella.
—Por el diez.
—¿Crees que me importa?
Ahí fue, pareciendo de mundos tan opuestos pero compartiendo quizás la misma desmotivación por el sistema, cuando empezó a darse cuenta de que, en efecto, sacaba muy buenas notas, pero ellos al salir de clase parecían ser felices, tener novia, tener presente. La vida seguía, después cada uno tenía sus problemas, por supuesto, pero ella se marchaba a sumirse en más clases y trabajos para el futuro prometedor que la sociedad le insistía deber tener. Decidió con catorce años tomarse un curso sin prestar atención a los estudios, a ver qué pasaba, y centrarse en vivir. Fue un año prolífico con el piano, la literatura, las amistades, empezó a escribir cine y obtuvo una media de 8,5 en el curso escolar que, para su sorpresa, le llenó de orgullo, pero más por el reto y la emoción que por otra cosa.

En la primavera de sus quince años, a punto de terminar la educación obligatoria, cayó en la cuenta de que jamás había hecho campana. Obviamente que jamás había hecho campana. Le aterró de pronto la idea de verse con treinta años, mirar atrás, y arrepentirse de no haber vivido todas las experiencias posibles. Quería vivirlo todo y le quedaban exactamente dos meses para llevar a cabo su plan, pues después empezaría el bachiller y aquello representaba que ya no era para andarse con tonterías. Fue una mañana la que se marcharon a la playa junto a las amigas con quienes rodaban películas, haciendo coincidir la falta al instituto con el rodaje de la última escena de su cuarto mediometraje. Consistía en llevar a cabo un graffiti, que dibujaron sobre un extenso rollo de papel kraft —para llevárselo después y por curarse en salud, a ver si con el asunto de la campana las iba a encontrar encima la policía pintando ilegalmente cualquier pared pública—. Se corrió la voz del asunto y, a la supuesta hora de la salida del instituto, el resto de compañeros se acercaron al paseo marítimo: todos querían ver. Lo mejor de la experiencia fue que, al parecerle impensable a ningún profesor que las alumnas con el expediente más alto del curso pudieran estar haciendo campana, nadie llamó a sus padres.

Ayer encontró un dosier de la universidad, de cuando hará tres años se le ocurrió cursar comunicación y periodismo a distancia, por mero placer de aprender más —y por curiosidad de vivir la experiencia, claro—, y no duró ni dos semestres, pues había aprendido más leyendo a Proust a sus diecinueve años en cualquier cafetería de la ciudad, que entregando trabajos absurdos sobre autores que ya había leído para una puntuación calificativa que no puede avalar la forma de caminar, de ser, de vivir, de entender… de nadie. Consisten estas palabras la experiencia personal de unos ojos que van entrando poco a poco en vereda —de igual manera que a las puertas de estudiar dirección cinematográfica cambiaron de rumbo en el transcurso de una tarde y siguieron a su corazón decidiendo embarcarse en la ardua aventura de estudiar música—, no abren debate ni pretenden desvalorizar una enseñanza y un sistema que, por desgracia, se enfocan más en la ‘titulitis’ que en el conocimiento, aunque sus cosas buenas también tendrá, como todo.

Dichos ojos contemplaron ayer el discurrir de un vino riquísimo mientras compartían una conversación en tiempos de cuarentena con un personaje interesante. Llegó la noche a cierto punto, tras compartir lecturas y opiniones, que su interlocutor la abordó:
—¿Puedo preguntarte algo?
—Puedes.
—¿Cuántos años tienes?
—Respóndeme tú mismo.
—Poco más de veinte.
—Un cuarto de siglo.
—¿Encuentras interlocutores de tu generación con quienes comentar lo que estamos comentando?
—No, por eso siempre me he relacionado con interlocutores más mayores.
—Tu perfil no es común.
—No quiero decir con ello que no tenga amistades de mi edad o más pequeñas, pero son perfiles… poco comunes, parafraseándote.

Y entonces sus ojos, mis ojos, sonrieron al recordar el primer recuerdo que tiene de mi una de mis amigas más queridas, cuando aún no nos conocíamos. Siempre me describe, en aquel instituto en los tiempos en que ella preparaba su examen de acceso a la universidad, como una chiquilla de doce años con una mochila más grande que ella misma, cargada de libros:
—¡Y era la Belén!